1913–1950 · Parálisis General · Sífilis · Wagner-jauregg · Malarioterapia

Neurosífilis y malarioterapia: fiebre, evidencia y cambio terapéutico

La malarioterapia ocupa un lugar singular en esta historia. Se aplicó a una enfermedad grave, atendida en hospitales psiquiátricos, cuya etiología infecciosa llegó a demostrarse, y fue celebrada como el primer gran éxito terapéutico de la especialidad. Los archivos contemporáneos y las reconstrucciones recientes muestran resultados bastante más heterogéneos de lo que conservó la memoria profesional.

Parálisis general y sífilis

La parálisis general de los insanos producía alteraciones de la personalidad, delirio, deterioro cognitivo, signos neurológicos, parálisis y muerte, y llenaba salas enteras. Durante el siglo XIX se acumuló evidencia clínica y epidemiológica de su relación con la sífilis, aunque la demostración microbiológica llegara después: tras el hallazgo de Treponema pallidum y el desarrollo de las pruebas serológicas, Hideyo Noguchi y J. W. Moore demostraron en 1913 espiroquetas en el tejido cerebral de pacientes con parálisis general.

El alcance del hallazgo cuesta exagerarlo. Una enfermedad que ingresaba habitualmente en hospitales psiquiátricos quedaba situada dentro de una cadena causal infecciosa demostrable, y con ella la promesa de que otras podían seguir el mismo camino.

Wagner-Jauregg y la piroterapia

Julius Wagner-Jauregg llevaba décadas interesado en el uso terapéutico de la fiebre y había ensayado varios procedimientos antes de recurrir a la malaria. Su observación de partida era que algunos pacientes parecían mejorar tras enfermedades febriles.

En 1917 comenzó a inocular malaria a pacientes con parálisis general, y la elección tenía una ventaja práctica decisiva: una vez producidos los episodios febriles, la malaria podía cortarse con quinina. El procedimiento se difundió por Europa y América durante los años veinte, y exigía bastante más que una prescripción. Había que seleccionar pacientes, mantener material infectante, realizar las inoculaciones, observar los ciclos febriles y terminar después la infección, de manera que el hospital se reorganizaba en torno a una práctica técnica específica. El Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1927, otorgado a Wagner-Jauregg por el valor terapéutico de la inoculación de malaria, convirtió el procedimiento en símbolo de una psiquiatría capaz de intervenir sobre una enfermedad orgánica grave.

Qué evidencia existía

Las publicaciones de la época comunicaban remisiones, mejorías, ausencias de respuesta y muertes, sin nada parecido a un ensayo aleatorizado. Los criterios de remisión, la selección de pacientes y los tratamientos concomitantes variaban de una institución a otra, lo que vuelve difícil cualquier comparación.

Un estudio histórico sobre una cohorte neerlandesa encontró mayor supervivencia entre los pacientes tratados, dato compatible con un beneficio real. Otros trabajos de archivo ofrecen una imagen más ambigua: en algunos centros, la selección de pacientes relativamente conservados, los cambios de diagnóstico y las intervenciones adicionales pudieron inflar los resultados publicados. Una investigación reciente sobre el Mont Park Hospital comparó las publicaciones de la época con las historias clínicas y encontró desenlaces sensiblemente peores en los registros originales. Un hospital no invalida una terapia mundial, pero el hallazgo basta para abandonar la fórmula de la primera cura eficaz y admitir que la magnitud del beneficio histórico es hoy difícil de estimar.

Riesgos y transferencia internacional

Inducir malaria distaba de ser una intervención menor. Podía producir anemia, complicaciones cardiovasculares y muerte, con tasas que variaban enormemente entre centros. Entre los primeros pacientes tratados en Porto Alegre la mortalidad fue muy elevada, y los resultados mejoraron después con la experiencia institucional, lo que dice bastante sobre cuánto dependía el procedimiento de la destreza local.

La penicilina cambió el problema entero durante los años cuarenta. La infección podía tratarse directamente, sin inducir otra enfermedad para combatirla, y la malarioterapia desapareció. Su final no se debió, entonces, a una reevaluación crítica de sus riesgos ni de su eficacia: una terapia etiológica más segura la volvió superflua.

Qué queda de la malarioterapia

La malarioterapia fue considerada eficaz por casi todos sus contemporáneos, y algunos estudios retrospectivos siguen siendo compatibles con un beneficio. La evidencia histórica es heterogénea y vulnerable a la selección de pacientes, a los tratamientos concomitantes y a la distancia entre lo que decía la publicación y lo que registraba el expediente.

Su importancia no se agota en lo que consiguiera clínicamente. Cambió lo que la psiquiatría creía poder esperar de sí misma, y esa expectativa es la que explica la década siguiente.

Referencias seleccionadas

  1. Noguchi H, Moore JW. A demonstration of Treponema pallidum in the brain in cases of general paralysis. J Exp Med. 1913;17:232–238.
  2. Austin SC, Stolley PD, Lasky T. The history of malariotherapy for neurosyphilis: modern parallels. JAMA. 1992;268(4):516–519.
  3. Wagner-Jauregg J. The history of the malaria treatment of general paralysis. Am J Psychiatry. 1946;102:577–582.
  4. Clayton A. Malaria therapy for neurosyphilis at Mont Park Hospital for the Insane in Australia, 1927–1928. Hist Psychiatry. 2025. doi:10.1177/0957154X251403921.
  5. Dal-Pizzol F, et al. Profile of patients treated with malariotherapy in a psychiatric hospital in Porto Alegre, Brazil: a historical note. Trends Psychiatry Psychother. 2014.
Cómo citar este recurso

Jonathan Alarcón C., ed. Neurosífilis y malarioterapia: fiebre, evidencia y cambio terapéutico. Docencia en Psiquiatría. Revisión 25 de agosto de 2026. https://portal-docencia-psiquiatria-uc-hlf.pages.dev/historia/neurosifilis-y-malarioterapia-fiebre-evidencia-y-cambio-terapeutico/

SerieHistoria de la Psiquiatría
Edición del proyectoJonathan Alarcón C.
Última revisión25 de agosto de 2026