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Historia de la terapia electroconvulsiva

La terapia electroconvulsiva nació como una tecnología para inducir convulsiones de manera más controlable que el cardiazol. La intervención contemporánea conserva ese principio y difiere de la práctica inicial en anestesia, relajación muscular, forma de onda, dosificación, consentimiento y regulación, es decir, en casi todo lo demás.

De Meduna a la estimulación eléctrica

Cuando Ugo Cerletti y Lucio Bini empezaron a trabajar en Roma, la convulsión ya se consideraba potencialmente terapéutica. Su innovación consistió en emplear la electricidad como método de inducción, después de una experimentación animal destinada a establecer parámetros tolerables.

El primer tratamiento a un ser humano se realizó en Roma en abril de 1938. Las fuentes secundarias discrepan sobre la reconstrucción exacta de aquellas primeras estimulaciones y sobre qué día concreto debería considerarse la primera sesión, de manera que resulta más honesto conservar el dato seguro que fabricar una precisión que los documentos no autorizan. Bini tuvo un papel técnico decisivo en el desarrollo del aparato y Cerletti dirigió el programa clínico: la innovación fue de una colaboración, no de un fundador.

Difusión e indicaciones iniciales

La técnica se extendió con rapidez por Europa y América. Frente al cardiazol ofrecía inicio inmediato de la convulsión, mayor control de la estimulación y la supresión de aquel intervalo de ansiedad previo a la crisis química, y en pocos años desplazó a los convulsivantes químicos casi por completo.

Se aplicó al principio a trastornos graves de todo tipo, incluida la esquizofrenia. La eficacia particularmente clara en los cuadros afectivos se reconoció con la experiencia acumulada y fue reorientando poco a poco las indicaciones, hasta convertir a la depresión grave y a la catatonía en su territorio propio.

La transformación técnica

Durante las primeras décadas, el tratamiento se administraba sin anestesia general ni relajación muscular, y la convulsión motora completa podía producir fracturas vertebrales, luxaciones y lesiones dentarias. Esas complicaciones impulsaron el desarrollo de la TEC modificada: durante los años cuarenta y cincuenta se incorporaron relajantes musculares y anestesia breve, la succinilcolina permitió una relajación predecible, y la ventilación y la monitorización anestésicas pasaron a formar parte del procedimiento.

También cambió la electricidad. Se pasó de las ondas sinusoidales a los pulsos breves y después a los ultrabreves, mientras la posición de los electrodos y la dosis en relación con el umbral convulsivo se convertían en las variables centrales. Buena parte de la historia técnica reciente consiste en un mismo intento repetido: conservar la eficacia reduciendo los efectos cognitivos.

Memoria, coerción y cultura

Las alteraciones de memoria han sido la controversia persistente. La literatura clínica distingue efectos temporales sobre el aprendizaje y la memoria reciente, mientras algunos pacientes describen lagunas autobiográficas mucho más amplias. Esa discrepancia entre las medidas profesionales y la experiencia referida alimentó el conflicto público y obliga a incorporar las fuentes de pacientes junto con los estudios clínicos, no en lugar de ellos.

La TEC se administró históricamente de forma voluntaria e involuntaria, y en determinadas instituciones fue vivida como coercitiva o abiertamente punitiva. El cine, la novela y el testimonio seleccionaron precisamente esa dimensión, junto con la TEC no modificada y la pérdida de memoria. Algunas de esas representaciones son técnicamente exageradas y otras tienen antecedentes documentados; la historiografía no tiene que elegir entre estigma y verdad, sino establecer qué prácticas concretas hicieron posibles esas imágenes.

Crisis, regulación y persistencia

Durante los años sesenta y setenta arreciaron las críticas desde los movimientos de usuarios, la antipsiquiatría, el activismo de derechos civiles y sectores de la propia profesión, y en algunos lugares el uso cayó drásticamente. La respuesta institucional llegó por la vía de los estándares técnicos, el consentimiento informado, la regulación y una mayor especialización de quienes la administran.

La TEC sobrevivió donde el cardiazol y el coma insulínico no lo hicieron, y la razón es sencilla: siguió mostrando efectos clínicos relevantes, sobre todo en ciertas depresiones graves y en la catatonía. Sobrevivió además a la teoría original sobre la convulsión que le había dado origen, y se transformó al ritmo de los estándares de seguridad y de evidencia de cada época.

Una continuidad y muchos cambios

No existe una TEC inmutable desde 1938. Hay continuidad en un solo elemento, la inducción eléctrica de una convulsión, y cambios profundos en todo lo que la rodea.

Esa combinación explica a la vez su persistencia clínica y la intensidad de las controversias que la acompañan, porque quien discute hoy sobre la TEC discute muchas veces sobre la de 1945.

Referencias seleccionadas

  1. Endler NS. The origins of electroconvulsive therapy. Convuls Ther. 1988;4(1):5–23.
  2. Aruta A. Shocking waves at the museum: the Bini-Cerletti electroshock apparatus. Med Secoli. 2010;22:11–24.
  3. Shorter E, Healy D. Shock Therapy: A History of Electroconvulsive Treatment in Mental Illness. New Brunswick: Rutgers University Press; 2007.
  4. Lava-Parmele S, Lava C, Parmele JB. The historical struggles of modified electroconvulsive therapy. 2021.
Cómo citar este recurso

Jonathan Alarcón C., ed. Historia de la terapia electroconvulsiva. Docencia en Psiquiatría. Revisión 25 de agosto de 2026. https://portal-docencia-psiquiatria-uc-hlf.pages.dev/historia/historia-de-la-terapia-electroconvulsiva/

SerieHistoria de la Psiquiatría
Edición del proyectoJonathan Alarcón C.
Última revisión25 de agosto de 2026