Locura antes de una institución especializada
Durante la Colonia y las primeras décadas republicanas, las personas con alteraciones mentales podían permanecer con sus familias, ingresar en hospitales, hospicios o establecimientos de beneficencia, ser recluidas en cárceles o circular entre varias de esas soluciones. Un plano del Hospital San Juan de Dios de 1799 muestra ya una sala destinada a locos, prueba de que el problema tenía presencia institucional mucho antes de 1852.
Aquellas formas de atención mezclaban medicina, caridad, seguridad y disciplina. No existía una profesión de alienista capaz de reclamar autoridad exclusiva, y las categorías empleadas —loco, demente, furioso, idiota, poseído— pertenecían a marcos distintos. La aparición posterior de una institución psiquiátrica no eliminó de inmediato esos lenguajes.
La idea de una Casa de Orates
A fines de la década de 1840, Francisco Ángel Ramírez conoció durante una estadía en Lima el establecimiento de San Andrés y promovió a su regreso la creación de una institución semejante en Santiago. Ya como intendente, logró articular apoyo gubernamental, municipal y filantrópico, y el 8 de agosto de 1852 comenzó a funcionar la Casa de Orates de Nuestra Señora de los Ángeles, en el barrio Yungay.
El proyecto nació con recursos muy limitados y una capacidad rápidamente sobrepasada. La institución era administrada por una junta de vecinos notables y se justificaba tanto por caridad como por orden público, de modo que su existencia no significaba todavía que el médico hubiera ganado control sobre ella: durante los primeros años pesó más la lógica del asilo y la custodia que la del hospital especializado.
La medicina entra en el asilo
En octubre de 1853, el gobierno encargó a Lorenzo Sazié y a Vicente Bustillos inspeccionar el establecimiento y proponer mejoras, y la Junta Directiva nombró a Sazié médico de la Casa de Orates el 13 de noviembre de 1854. Su salida se sitúa en 1864 según unas fuentes y se prolonga hasta su muerte, en 1865, según otras. Lo relevante es que Ramón Elguero ya colaboraba con la institución desde alrededor de 1860 y terminó asumiendo la responsabilidad médica: la medicalización fue un proceso negociado y no una condición presente desde la inauguración.
En 1856 se dictaron normas que regularon la situación y el ingreso de los llamados insanos. En 1858, ante el hacinamiento del edificio inicial, los internos fueron trasladados al nuevo recinto de Recoleta, en los terrenos donde se desarrollaría después el principal establecimiento psiquiátrico del país. El cambio de edificio aumentó la capacidad sin resolver el problema estructural de una demanda que crecía más rápido que los recursos.
Elguero, enseñanza y autoridad médica
Ramón Elguero, vinculado a la Casa de Orates desde antes de la salida de Lorenzo Sazié, asumió progresivamente un papel central en la asistencia y en la enseñanza. En 1869 se inauguró bajo su responsabilidad el primer curso de enfermedades mentales del que existe registro institucional claro, episodio que señala menos el nacimiento instantáneo de una cátedra moderna que la transformación de la práctica asilar en espacio de formación médica especializada.
La presencia de médicos no eliminó la autoridad de administradores y benefactores. Las decisiones sobre presupuesto, infraestructura, admisiones, trabajo de los internos y organización cotidiana seguían repartidas entre actores distintos, y el conflicto entre una institución de beneficencia y un hospital gobernado por criterios clínicos atravesó todo el siglo XIX.
Carmen Marín: entre posesión y enfermedad
El célebre caso de Carmen Marín, conocida como la endemoniada de Santiago, hizo visible en 1857 la coexistencia de interpretaciones religiosas y médicas. Sacerdotes y médicos examinaron sus crisis, y Manuel Antonio Carmona reunió los informes y defendió una explicación nerviosa, formulada en el lenguaje de la histeria convulsiva de su tiempo. El episodio no demuestra que la ciencia sustituyera de una vez a la religión: muestra que varios lenguajes competían por definir qué clase de fenómeno estaba ocurriendo y quién tenía autoridad para interpretarlo.
Esa disputa pública forma parte de la historia de la psiquiatría porque la especialidad no se consolidó solo dentro del asilo. Necesitó además convencer a otros profesionales, a las autoridades y al público de que determinados comportamientos pertenecían al campo médico.
Benham, Sazié y los límites del proyecto
En 1875 ingresó como médico residente el británico William Benham, que denunció con dureza el hacinamiento y las condiciones del establecimiento. Sus críticas provocaron conflictos con la administración y mostraron que invocar un ideal terapéutico no resolvía la falta de camas, de personal ni de financiamiento.
Tras no renovarse el contrato de Benham, Carlos Sazié Heredia, recién formado en Francia, comenzó a prestar servicios como residente el 1 de agosto de 1879, e inició al año siguiente un curso voluntario de enfermedades neuropsiquiátricas en el propio establecimiento. Intentó introducir trabajo terapéutico, distracciones y otras reformas, y sus desacuerdos con la administración llevaron a la rescisión de su contrato en la Casa de Orates en 1884. Su trayectoria universitaria posterior se examina en el artículo siguiente.
Hacia esa fecha, los informes seguían describiendo hacinamiento, escasez de cuidadores y condiciones materiales muy deficientes. La institución había permitido introducir observación médica, docencia y tratamientos, y había acumulado también cronicidad y segregación. Ese doble resultado es lo central: la formación inicial de la psiquiatría chilena fue a la vez un proceso de medicalización y la consolidación de una institución capaz de mantener durante años a quienes pretendía tratar.
De asilo a problema médico
Entre 1852 y fines del siglo XIX, la transformación decisiva fue menos el descubrimiento de enfermedades nuevas que la redistribución gradual de la autoridad. Una casa de beneficencia gobernada por notables incorporó médicos que reclamaron mayor peso sobre la clasificación, el tratamiento, el ingreso, la docencia y la organización cotidiana, sin desplazar de inmediato a administradores, autoridades políticas, familias ni marcos jurídicos.
La Casa de Orates proporcionó el lugar desde el cual pudo consolidarse un campo profesional, y le transmitió a ese campo los límites materiales, custodiales y coercitivos del asilo. Conviene hablar por eso de formación y medicalización progresivas, y no de un nacimiento súbito de la psiquiatría chilena.
Referencias seleccionadas
- Biblioteca Nacional de Chile. La Casa de Orates de Santiago (1852–1891). Memoria Chilena.
- Casa de Orates de Nuestra Señora de los Ángeles. Actas de la junta directiva 1854–1891 y documentos anteriores a la primera Acta 1852–1854. Santiago: Imprenta Valparaíso de Federico T. Lathrop; 1901.
- Medina E. De Manicomio Nacional a Hospital Psiquiátrico. Rev Chil Neuro-Psiquiatr. 2001;39(1):78–81. doi:10.4067/S0717-92272001000100021.
- Ramos-Vera J, Pardo-González E, Scholten H, Henríquez-Canales J. La enajenación mental en Chile: institucionalidad en el periodo de 1852–1928. Rev Med Chile. 2025;153(2). doi:10.4067/S0034-98872025000200096.
- Osorio C. Historia de los terrenos de la Casa de Orates de Santiago de Chile. Rev Med Chile. 2016;144(3):388–393.
- Biblioteca Nacional de Chile. Neuropsiquiatría. Memoria Chilena.
- Carmona MA. Carmen Marín, o, la endemoniada de Santiago. Valparaíso: Imprenta y Librería del Mercurio; 1857.
Jonathan Alarcón C., ed. Formación inicial de la psiquiatría chilena: de la asistencia colonial a la Casa de Orates. Docencia en Psiquiatría. Revisión 26 de agosto de 2026. https://portal-docencia-psiquiatria-uc-hlf.pages.dev/historia/formacion-inicial-de-la-psiquiatria-chilena-de-la-asistencia-colonial-a-la-casa-de-orates/