Antes de que el estigma fuera una categoría científica
La exclusión de las personas consideradas locas es mucho más antigua que el uso contemporáneo del concepto de estigma. En distintos períodos, la alteración mental pudo asociarse con el pecado, la irracionalidad, la incapacidad, la peligrosidad, la inspiración, la comicidad o la vulnerabilidad, y ninguna de esas asociaciones fue universal ni excluyó a las demás dentro de una misma sociedad.
Durante los siglos XVIII y XIX, el crecimiento de los asilos y de una profesión dedicada a la alienación produjo figuras públicas nuevas. La persona internada podía aparecer como enferma merecedora de tratamiento, como amenaza de la que la sociedad debía protegerse o como víctima de una institución abusiva. La historia del estigma no describe, en consecuencia, una línea continua de prejuicio idéntico durante milenios: cambian las palabras, los temores y las instituciones que convierten una diferencia en identidad social desacreditada.
Psiquiatría y literatura en el siglo XIX
Los primeros alienistas no escribían en un vacío cultural. Shakespeare, Byron, Scott y otros autores eran citados en las revistas psiquiátricas como observadores de pasiones, delirios y conducta, y la literatura podía funcionar como repertorio de casos psicológicos antes de que existiera una psicopatología plenamente estandarizada.
Al mismo tiempo, las novelas, las memorias y la prensa popular representaban manicomios y locura ante públicos mucho más amplios que los de los tratados médicos. Las historias de internamiento injusto, violencia institucional y pérdida de identidad alimentaron una sospecha cultural hacia el asilo que no dependía de los debates profesionales. La frontera entre conocimiento médico y representación artística era más permeable de lo que sugiere una historia que imagina a la ciencia avanzando separada de la cultura.
La prensa y el problema de la peligrosidad
Las noticias tienden a seleccionar acontecimientos excepcionales. Un homicidio en el que se menciona una psicosis puede recibir una atención que miles de vidas ordinarias con enfermedad mental nunca obtienen, y esa selección distorsiona los denominadores y sobrerrepresenta la peligrosidad y la imprevisibilidad frente a la experiencia cotidiana. No hace falta negar que determinados cuadros, especialmente combinados con consumo de sustancias u otros factores, puedan asociarse a mayor riesgo en ciertos contextos; hace falta separar ese aumento probabilístico de la imagen mediática del diagnóstico como explicación suficiente de la violencia. Conviene recordar además un dato que la narrativa del loco peligroso suele ocultar: las personas con trastornos mentales son con frecuencia víctimas de violencia y de exclusión.
El problema se agrava cuando la etiqueta diagnóstica funciona como explicación completa de una conducta. Esquizofrénico, psicótico o loco pueden convertirse en personajes antes que en descripciones clínicas, y entonces el diagnóstico borra factores como las sustancias, la historia de violencia, la pobreza o el contexto interpersonal. Los medios no crean el estigma por sí solos, y proporcionan relatos repetibles: la peligrosidad es uno de los más persistentes porque ofrece una estructura narrativa simple de diferencia, amenaza y necesidad de control.
Freud, Hollywood y la popularización del psiquismo
Después de la Segunda Guerra Mundial, el psicoanálisis alcanzó una influencia cultural enorme en Estados Unidos y en otros países. Conceptos como inconsciente, represión, trauma infantil o complejo pasaron del consultorio al lenguaje cotidiano, la publicidad, el teatro y el cine.
Hollywood convirtió al psiquiatra en intérprete de secretos ocultos y a la enfermedad mental en un misterio que podía resolverse reconstruyendo el pasado. Algunas representaciones eran clínicamente ingenuas y difundieron, con todo, la idea de que unos síntomas incomprensibles podían tener significado psicológico. La misma cultura que humanizaba el sufrimiento lo dramatizaba: el psicópata cinematográfico, el asesino con personalidad dividida y el genio loco condensaron diagnósticos distintos en arquetipos narrativos extraordinariamente resistentes.
Goffman, etiquetamiento y el manicomio como símbolo
Durante los años sesenta, el estigma adquirió una formulación sociológica influyente. Erving Goffman había publicado Asylums en 1961, examinando las instituciones totales y la carrera moral del paciente internado, y en Stigma, de 1963, analizó cómo ciertos atributos pueden desacreditar una identidad dentro de la interacción social. Su aporte no consistió en demostrar que toda enfermedad mental fuera una etiqueta arbitraria, sino en desplazar parte de la atención desde el síntoma hacia las consecuencias sociales de ser clasificado y tratado como cierto tipo de persona.
Thomas Scheff desarrolló una teoría del etiquetamiento que llevó el argumento mucho más lejos, al sostener que las reacciones sociales podían participar en la estabilización del rol de enfermo mental. Estas perspectivas recibieron críticas porque podían subestimar la realidad de los síntomas graves, y cambiaron la pregunta: ya no bastaba estudiar la enfermedad, había que estudiar qué hacía la sociedad con la etiqueta.
En el mismo clima cultural, Alguien voló sobre el nido del cuco —novela de 1962 y película de 1975— convirtió el hospital psiquiátrico coercitivo en uno de los símbolos más poderosos de la cultura occidental, con un impacto que excedió ampliamente cualquier discusión académica sobre la terapia electroconvulsiva o la psicocirugía.
El cine y sus personajes imposibles
Las investigaciones sobre cine y televisión encuentran de manera repetida representaciones desproporcionadas de personas con trastornos mentales como violentas, impredecibles o incapaces. Los profesionales aparecen igualmente estereotipados: el psiquiatra autoritario, el terapeuta seductor, el científico excéntrico o el médico capaz de leer la mente.
Esas imágenes sobreviven porque cumplen funciones narrativas. La psicosis permite introducir una realidad incierta, la personalidad múltiple ofrece un giro argumental, el manicomio crea un espacio cerrado y amenazante, el psiquiatra proporciona una explicación final; la fidelidad clínica no es el objetivo principal de una ficción comercial.
Eso no obliga a censurar toda representación negativa ni a exigir que el arte eduque. Significa que el espectador puede recibir de la ficción su principal contacto con fenómenos que nunca ha presenciado, y que la acumulación de estereotipos tiene por ello efectos sociales.
Del combate al estigma a la participación de usuarios
Desde finales del siglo XX aparecieron campañas públicas dirigidas explícitamente a reducir el estigma y a aumentar la alfabetización en salud mental, unas centradas en la información y otras en el contacto directo con personas con experiencia vivida. Los metaanálisis no sostienen una regla simple aplicable a toda población: la educación y el contacto pueden reducir el estigma, y en adultos el contacto interpersonal ha mostrado en varios análisis efectos superiores a la educación aislada, mientras en adolescentes el patrón puede diferir. La eficacia depende además del formato, la población, la duración y el tipo de contacto.
El movimiento de usuarios y sobrevivientes, desarrollado en el artículo 55, modificó también quién podía hablar públicamente. Las memorias, el activismo, las redes sociales y la producción cultural propia permitieron que las personas diagnosticadas dejaran de ser únicamente objeto de representación de médicos, periodistas o cineastas.
Mayor visibilidad no garantiza, sin embargo, menor estigma. Las explicaciones biogenéticas ofrecen el mejor ejemplo: los metaanálisis han encontrado que pueden disminuir la atribución de culpa y asociarse a la vez con mayor percepción de peligrosidad, distancia social o pesimismo pronóstico. El viejo lema según el cual se trata de una enfermedad cerebral como cualquier otra no puede considerarse, por tanto, una intervención de efecto unívoco. También la estrategia comunicacional tiene historia y consecuencias no previstas.
Una historia sin final lineal
La cultura contemporánea contiene representaciones mucho más variadas que las de mediados del siglo XX, y los personajes con depresión, bipolaridad, autismo, psicosis o trauma pueden aparecer con mayor profundidad y agencia. Persisten, aun así, el lenguaje peyorativo, la asociación con la violencia y el uso metafórico de los diagnósticos como insultos o como explicaciones políticas.
El estigma tampoco reside solamente en las imágenes: se materializa en el empleo, la vivienda, las relaciones, el acceso a la salud y las decisiones jurídicas. La cultura popular importa porque ayuda a definir qué espera una sociedad cuando una persona revela un diagnóstico.
La relación entre psiquiatría y cultura es circular. Las categorías médicas entran en el lenguaje social, la sociedad las convierte en historias y estereotipos, y esas historias regresan al consultorio en las expectativas de pacientes, familias y profesionales. Comprender esa circulación forma parte de comprender la historia de la propia disciplina.
Referencias seleccionadas
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Jonathan Alarcón C., ed. Estigma, locura y enfermedad mental en prensa, literatura, cine y cultura popular. Docencia en Psiquiatría. Revisión 26 de agosto de 2026. https://portal-docencia-psiquiatria-uc-hlf.pages.dev/historia/estigma-locura-y-enfermedad-mental-en-prensa-literatura-cine-y-cultura-popular/