Separar desarrollo y deterioro
A comienzos del siglo XIX, la idiocia podía figurar junto a la manía, la melancolía y la demencia dentro de las clasificaciones de la alienación. La distinción decisiva consistió en separar una limitación del desarrollo intelectual de la pérdida de facultades previamente adquiridas. Esa diferencia tenía antecedentes anteriores a Esquirol, entre ellos formulaciones de Étienne-Jean Georget, y fue Esquirol quien contribuyó a estabilizarla y volverla canónica: la demencia suponía pérdida respecto de un funcionamiento previo, mientras la idiocia remitía a facultades cuyo desarrollo no había alcanzado determinado nivel. Presentarlo como inventor absoluto de la distinción simplificaría una construcción bastante más gradual.
La separación no produjo de inmediato la categoría actual. Los términos idiota, imbécil y débil mental se usaron con significados variables y terminaron adquiriendo connotaciones peyorativas. La distinción entre trastorno del desarrollo y deterioro adquirido reorganizó, en cambio, toda la clasificación y permitió formular una pregunta nueva: si el problema era de desarrollo, ¿podía modificarse mediante educación?
Itard, Séguin y la educabilidad
El caso de Victor de Aveyron, atendido por Jean Itard a comienzos del siglo XIX, se convirtió en un laboratorio intelectual sobre desarrollo, educación y naturaleza humana. Itard intentó enseñar lenguaje, atención, hábitos y sociabilidad a un niño que había vivido durante años fuera de los contextos ordinarios de crianza, y sus resultados fueron limitados. La experiencia desafió, aun así, la idea de que toda limitación intelectual profunda equivaliera a imposibilidad educativa.
Édouard Séguin desarrolló después en Francia y en Estados Unidos un programa sistemático para la educación de personas denominadas idiotas, cuyo método fisiológico combinaba ejercicio sensorial, movimiento, hábitos, lenguaje y disciplina. Desde una perspectiva actual incluía supuestos paternalistas y normalizadores; históricamente afirmó una tesis importante frente al puro custodialismo, y es que algunas capacidades podían desarrollarse mediante enseñanza estructurada.
Educación y control social nunca estuvieron del todo separados. Formar hábitos de autonomía podía ampliar las posibilidades personales y buscar a la vez que los alumnos se aproximaran a modelos sociales de productividad, autocontrol y conducta aceptable.
De la escuela especial a la institución custodial
Durante la segunda mitad del siglo XIX se crearon instituciones especializadas en Europa y Norteamérica, algunas con objetivos educativos y demostrativos: pretendían mostrar que personas consideradas ineducables podían adquirir habilidades. Con el crecimiento institucional, muchos establecimientos se transformaron en lugares de residencia prolongada y custodia.
Las causas fueron múltiples. Llegaban personas con necesidades muy distintas, los recursos educativos resultaban insuficientes, las poblaciones institucionales aumentaban y las expectativas de curación disminuían, mientras la categoría empezaba a vincularse con preocupaciones sobre pobreza, dependencia, delincuencia y reproducción. La institución dejó de justificarse solo como escuela y pasó a funcionar también como mecanismo de segregación, en una trayectoria que recuerda a la del manicomio general: una institución creada en parte con una promesa terapéutica o educativa podía transformarse, bajo presión demográfica y administrativa, en una solución de larga estadía.
Medir para educar, medir para clasificar
En 1905, Alfred Binet y Théodore Simon publicaron en Francia una escala destinada a identificar a los escolares que necesitaban apoyo educativo adicional. El instrumento reunía tareas de dificultad creciente y buscaba orientar decisiones prácticas; Binet no había creado ninguna teoría simple de una inteligencia fija e inmutable y advirtió contra los usos reificadores de la medición.
La circulación internacional alteró el significado de la prueba. En Estados Unidos, Henry Goddard y otros autores la incorporaron a instituciones, tribunales, políticas migratorias y debates eugenésicos, y Lewis Terman desarrolló después la Stanford-Binet. La puntuación podía convertirse así en una cifra que parecía resumir a una persona completa y permitía clasificar poblaciones enteras.
La medición produjo beneficios reales para la detección de necesidades educativas y otorgó a la psicología una autoridad profesional nueva. Mostró también un riesgo persistente de la psicometría: un instrumento creado para una decisión concreta puede transformarse en una definición ontológica de quien lo responde.
Eugenesia, segregación y esterilización
A comienzos del siglo XX, la llamada debilidad mental ocupó un lugar central en los programas eugenésicos de varios países. Se atribuyeron a una supuesta deficiencia hereditaria problemas tan distintos como la pobreza, la sexualidad considerada inmoral, la delincuencia y la dependencia social, y las instituciones adquirieron entonces una función explícita de protección de la sociedad frente a la reproducción de personas clasificadas como defectivas.
Varios estados norteamericanos aprobaron leyes de esterilización y de internación que afectaron de manera desproporcionada a personas etiquetadas con discapacidad intelectual. El hito jurídico fue Buck v. Bell, de 1927, donde la Corte Suprema confirmó la constitucionalidad de la ley de esterilización eugenésica de Virginia aplicada a Carrie Buck, internada bajo la categoría entonces denominada feebleminded. El caso muestra con crudeza cómo los diagnósticos, las pruebas, las genealogías familiares y los procedimientos jurídicos podían combinarse para convertir una clasificación supuestamente científica en privación irreversible de derechos reproductivos. Las pruebas de inteligencia aportaron además un lenguaje de objetividad capaz de legitimar decisiones atravesadas por la clase social, la raza, el género y los valores morales.
No hay una línea inevitable entre Binet y la eugenesia. La misma tecnología se empleó con finalidades educativas, clínicas y coercitivas, y ahí reside justamente el interés histórico del episodio: permite observar cómo una herramienta adquiere significado según la institución y el poder que la emplean.
Normalización, desinstitucionalización y derechos
Después de la Segunda Guerra Mundial crecieron las críticas a las grandes instituciones y a la segregación vital de las personas con discapacidad intelectual. Familias, asociaciones civiles, profesionales y movimientos de derechos cuestionaron las condiciones de vida, la educación insuficiente y la exclusión. En Escandinavia, Niels Erik Bank-Mikkelsen quedó asociado a la reforma danesa que buscaba una existencia tan próxima como fuera posible a la vida ordinaria; Bengt Nirje formuló en 1969 una versión especialmente influyente del principio de normalización y Wolf Wolfensberger lo adaptó después al contexto norteamericano. Conviene no atribuir a una sola persona una doctrina cerrada desde el comienzo, porque la normalización fue una elaboración progresiva ligada a reformas legales, servicios y movimientos de ciudadanía.
Normalizar no significaba volver normal a la persona. Su sentido histórico más fecundo fue modificar el ambiente y los servicios para garantizar ciudadanía, vivienda, educación y participación. Desde los años sesenta y setenta, distintos países redujeron sus grandes instituciones y desarrollaron escuelas integradas, hogares pequeños y servicios comunitarios, con resultados muy desiguales.
La desinstitucionalización tampoco resolvió por sí sola la exclusión, porque el cierre de establecimientos podía ampliar la autonomía y trasladar responsabilidades a familias o servicios locales insuficientemente financiados. El giro hacia los derechos adquirió una formulación internacional mucho más explícita con la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, adoptada en 2006, que situó la autonomía, la participación, la accesibilidad y la no discriminación en un plano jurídico y no meramente asistencial.
De retraso mental a discapacidad intelectual
Durante el siglo XX, términos que habían sido técnicos se convirtieron en insultos y fueron sustituidos sucesivamente. El paso del retraso mental a la discapacidad intelectual no fue solo cosmético: las definiciones contemporáneas incorporan, junto a las capacidades intelectuales, el funcionamiento adaptativo y las necesidades de apoyo, y reducen el peso de una única puntuación de cociente intelectual.
La transformación conceptual de fondo consiste en que una limitación individual no determina por sí sola el grado de discapacidad experimentado. La educación, la accesibilidad, el apoyo familiar, los recursos comunitarios, la comunicación y los derechos modifican de manera decisiva la participación real.
Este campo muestra con particular claridad que clasificar puede abrir el acceso a apoyos y producir segregación. La cuestión no es abandonar toda categoría, sino recordar qué decisiones permite, quién las toma y qué consecuencias tienen para la vida de la persona clasificada.
Referencias seleccionadas
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Jonathan Alarcón C., ed. Historia de la discapacidad intelectual: de la idiocia a los derechos y la inclusión. Docencia en Psiquiatría. Revisión 26 de agosto de 2026. https://portal-docencia-psiquiatria-uc-hlf.pages.dev/historia/historia-de-la-discapacidad-intelectual-de-la-idiocia-a-los-derechos-y-la-inclusion/